Black Panther o el elogio a la cultura africana

17 febrero, 2018 § Deja un comentario

Wakanda es el nombre de la nación ficticia en la que se desarrolla la trama en Black Panther,  la última y recién estrenada entrega del universo Marvel (Bendito seas, Stan Lee). Wakanda está ubicada en África y para el mundo es un país tercermundista, pero en realidad es una potencia tecnológica, próspera y valiente. Su avance tecnológico es en gran medida por sus yacimientos de vibraniun, material del que está hecho el traje de Black Panther y el escudo del Capitán América. ¨Wakanda¨, me encanta esta palabra porque si uno la repite – Wakanda Wakanda Wakanda- se puede oír una deliciosa y poderosa  percusión entre sus sílabas, puede uno ver danzando los colores al ritmo de los tambores, como un himno, una celebración a la cultura africana y es que en su mayor parte, Black Panther es eso, un elogio a la cultura del continente negro. De esta producción hablaré en esta entrada.

 

Desde la aparición del príncipe T’Challa en Capitán América: Civil War, los fans estaban ansiosos de ver la cinta y a mi opinión no han quedado defraudados. La película es puro poder y dentro de ella se barajan muchas temáticas interesantes. La historia comienza con los rituales iniciatorios de T’Challa para convertirse en rey de Wakanda, porque si recordamos en Capitán América: Civil War, el loco enfermo de Helmut Zemo asesina con una bomba al rey T’Chaka, desatando la furia de T’Challa, quien luego de ver los estragos de la venganza cierra la película con nobleza, pero por si no la han visto hasta ahí me quedo. T’Challa, en Black Panther, asume como rey de Wakanda y ahí comienzas los nudos narrativos.

Este filme me ha gustado porque está lleno de potencia y el ritmo narrativo es espectacular. Quiero destacar además el hermoso vestuario de la producción, este elemento ayuda a dar vida al asunto de las tribus que conforman esta nación, que en sí está inspirado en la enorme riqueza y diversidad que existe en África, un guiño a la multiculturalidad. El Soundtrack logra su objetivo y enmarca muy bien las escenas. Se agradece el buen manejo de los aspectos técnicos de los efectos especiales y los diseños digitales.

Otro elemento que me gustó de Black Panther es toda esta gente que rodea a T’Challa y que lo ayudan y lo salvan, toda esta gente son mujeres: Nakia, interpretada por la bella y talentosa Lupita Nyong’o, es su base emocional y su cómplice en la aventura, Okoye, comandante de la Dora Milaje, una suerte de fuerza élite de mujeres guerreras,  Shuri, princesa de Wakanda y encargada de la tecnología de la nación, y Ramonda, la reina madre que desarrolla un papel emotivo, pero también de consejería y vital en un momento de la trama. Sí, yo sé, no son las protagonistas, pero en la historia se les ha dado un papel preponderante y empoderado que quería destacar.

Me gustó que la producción y la dirección incluyeran en la trama temas políticos, como el de los refugiados y la responsabilidad de las naciones prósperas para con los más necesitados, el tema de secuestros de niñas en Sudán por grupos terroristas, la opresión y represión de los imperios occidentales, entre otros. Eso le da más seriedad, yo sé que es una producción que busca el entretenimiento pero al parecer también tuvieron tiempo de darle espacio al compromiso.

En esta parte quiero abordar el “qué pedos con Márvel” y su vacil con la familia. En Black Panther el archienemigo es Erik Killmonger, primo de T’Challa y príncipe de Wakanda. No entiendo cuál es el mambo de Marvel de poner en desvergue a la familia. Thor pasa desgarrándose con su hermano Loki y en Thor Ragnarok tiene un pequeño conflicto con su hermanita mayor, la diosa de la Muerte. Star Lord en Guardianes de la Galaxia Vol. 2  tiene que derrotar a su padre, un ser divino satánico que consume la vida y energía de sus hijos, vamos, un Cronos interespacial. El Profesor X con su jaleo eterno con Mystic, su hermana de crianza. Wolverine con Dientes de Sable, que es lo más cercano a un pariente. Los demás no tienen familia, son huérfanos o tienen más de cien años y no tienen con quién pelear. Me da miedo despertar y que un día la Tía May tenga poderes sobrenaturales y reviva al tío Ben todo zombie para tratar de derrotar a Peter Parker.

Volvamos a lo nuestro, Black Panther es buena y hasta sus actuaciones son bastante bien logradas, exceptuando a Andy Serkis, quien interpreta al villano Ulysses Klaue. No sé si el personaje es el mal hecho o de verdad Serkis no supo bien qué hacer. Por lo demás, el elenco es bastante funcional y hace una buena armonía con la historia.

Vayan a ver Black Panther, es una muy buena película y pónganle atención al tema cultural y al enaltecimiento de la negritud en la película. No se van a arrepentir.

 

 

 

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Call me by your name: el verano italiano, los albaricoques y la chimenea que es la vida

15 febrero, 2018 § Deja un comentario

Si te podés imaginar estar en el norte de Italia, donde el sol del verano baña los frescos ríos, y podés pasear en bicicleta en la campiña, en el aire flota el suave aroma frutal que te embelesa el paisaje, todo esto durante el muy despreocupado año de 1983, te podrías imaginar lo que sentía Elio Perlman, personaje principal de Call me by your name. En esta entrada hablaré de esta producción fílmica que ha sido una revelación para los espectadores y que está por demás interesante.

 

Call me by your name está nominada al Oscar en las categorías: Mejor Película (dirigida y producida por Luca Guadagnino), Mejor Actor Principal (Thimoteé Chalamet), Mejor Guion Adaptado (por James Ivory) y Mejor Canción (Mistery of Love de Sufjan Stevens) y sí, la academia tuvo su razón. El filme es grandioso, pero más allá de la grandiosidad, logra lo que las piezas de arte aspiran, se vuelve memorable, emotivo más allá de la sensiblería y reflexivo más allá del comentario, uno como espectador puede sentirse devastado pero satisfecho.

La trama comienza mostrándote la idílica familia italo-judía-franco-americana de los Perlman, gente cosmopolita, preocupada por arrancar la belleza del olvido, y que cuenta entre sus mayores preocupaciones cómo comer bien uno o dos huevos benedictinos en la mañana, saber de qué raíz lingüística viene la palabra “albaricoque” y dónde diablos han olvidado la copia del libro Heptamerón versión alemana.

Durante la primera media hora yo sufrí, porque no sabía nada de qué iba la película, solo la tomé de una lista y la comencé a ver, durante ese primer lapsus quería abofetear a Thimoteé Chalamet interpretando a Elio, tal como lo quise abofetear interpretando a Kyle en Lady Bird, porque el maldito logra que uno lo desprecie y el ritmo de la película me parecía estresante, pero al verlo como un todo, el recurso vale la pena al desenvolver la trama total, que en realidad va sobre los miedos, la terrible incertidumbre que acompaña el desconcierto emocional de la adolescencia, el cual uno lleva a rastras desde el abismo hasta la redención y solo para dejarte resumido como cenizas expectantes del fuego que lo devora todo. Estructuralmente, el guion, inspirado en la novela de André Aciman, trata sobre una fugaz e intensa historia de amor entre Elio y Oliver, de esas buenas historias que no terminan en tragedia, la única tragedia es el riesgo de amar en sí mismo y uno que otro albaricoque se entrometa en la relación.

La mayoría de actuaciones son modestas, pero hay que rescatar las de sus protagonistas. Se le agradece a Armie Hammer, interpretando a Oliver, verlo actuar más allá de remar durante toda una película como lo hizo en The Social Network y por supuesto, Thimoteé Chalamet es una cría con mucho futuro en la industria, su dominio emotivo y corporal llevan al espectador a sufrir emociones con una rapidez eufórica o lo deja en un letargo activo que de verdad uno disfruta. Tengo las esperanzas puestas que entre Chalamet, Saoirse Ronan y dos o tres veinteañeros más de su grupo, lograrán un digno relevo generacional. Es de destacar el sensible diálogo final de Michael Stuhlbarg, padre de Elio, ya en el último tramo de la película y que deja un gran mensaje.

Por último, pero no menos importante, son dos los grandes elementos de Call me by your name que merecen un aplauso aparte. El primero es cómo la producción aprovechó el hermosísimo paisaje italiano. Se pueden sentir las locaciones como si uno fuera un desgraciado Perlman privilegiado andando en bici por la campiña italiana o bañando en los cristalinos ríos de aguas alpinas con tus amigas recién llegadas de París. Bellísimas locaciones y bellísimas amigas de París. El segundo elemento es el encantador soundtrack, que va desde la música académica (que remarca una de las actividades principales de Elio), pasa por las canciones populares regionales de la época (y contextualizan la personalidad extrovertida de Oliver) y la bellísima producción de Sufjan Stevens que te deja transformándote frente a la gran chimenea metafórica de la vida.

Los invito a ver Call me by your name, tal vez los hipócritas y doblemoralinos filtros nacionales no permitan que una película de gran calidad como esta llegue a los cines salvadoreños porque es la historia de amor entre dos hombres, y es que el amor da miedo en nuestras sociedades salvajes y voraces. Pero tal vez hable de más, porque ya están pasando La forma del agua, una película sobre una mujer muda con cero sentido común que libera a un hombre pez para tener sexo con él en una bañera y luego el amors, pero de eso hablaremos en una próxima entrada.

 

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Lady Bird o la sobriedad de la belleza

12 febrero, 2018 § Deja un comentario

Con el ánimo de saldar mi deuda con el cine y con esas aprehensivas listas de “Las diez mejores películas del año” o “Las películas que tenés que ver antes de morir o caer en la locura”, he decidido ver algunas de estas producciones que son sugeridas. Recién vi Lady Bird y de esta película escrita y dirigida por Greta Gerwig voy a hablar, fue exquisitamente protagonizada por Saoirse Ronan, y en la que vemos singulares actuaciones de Laurie Metcalf, Timothée Chalamet y Lois Smith.

No sé qué tan dañado me dejó el 2015 que pensé, bajo alguna ridícula semiosis infinita, que Lady Bird tendría que ver en algo con Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance)… Lo sé, lo sé, me llevé la mano a la frente y exclamé un recriminatorio ¡DUH! La cuestión es que Lady Bird, gracias a las fuerzas cinematográficas y del destino, está alejada de esta tendencia fantástica y es bastante modesta y sencilla, si puedo usar esos eufemismos, para una comedia dramática que me mantuvo en constante tensión durante sus 93 minutos.

La trama es entretenida y está llena de lugares comunes que el cine norteamericano nos ha acostumbrado: la chica poco común que aspira cierto tipo de gloria, la amiga leal poco afortunada, el rebelde de muchas causas falsas, la chica popular dueña de las apariencias, el padre amoroso, la madre tirana pero noble, etc. La historia en sí va sobre una adolescente que quiere volar fuera del nido y que está en la transición del colegio a la universidad y como esta etapa mantiene la relación con la familia, que de por sí se las ve difíciles por problemas financieros, en una rigidez exasperante. Lady Bird, además, trata de los descubrimientos juveniles: la amistad, las relaciones de poder, la sexualidad, el criterio de percepción que tienen de uno y el que uno quiere mostrar y todas estas temáticas van siendo narradas con un ritmo tan delicioso que uno lo agradece.

La belleza total de Lady Bird radica en dos partes:

1 En la sobriedad de la historia, en su trama y en su narrativa, en la que la mayor tragedia es la vida misma y por lo tanto también es la salvación. De esta sobriedad también están llenos los background de los personajes. Esto, en parte, la hace reconfortante.

2 Las actuaciones, que son verdaderamente hermosas. Saoirse Ronan es el más bello hilo conductor que he visto últimamente en una serie o película, maneja las emociones tan sutilmente que uno se quiebra y ni siquiera se termina de dar cuenta. Ese mismo don actoral tiene Timothée Chalamet, que como Kyle dan ganas de abofertealo, pero hablaremos luego de él por su actuación como Elio en Call me by your name. Sin embargo, para mí, la mejor actuación y la que de verdad mueve el mar de emociones desde todas las perspectivas en Lady Bird es Laurie Metcalf, la madre de la protagonista es un tsunami arrasando el corazón, y todo esto teniendo en la mente que es la voz de la mamá de Andi en Toy Story  😥  y ya no puedo decir más.

Por último, les recomiendo poner atención la narrativa sobre Sacramento y en especial al soundtrack, es lindo y etéreo. Espero que esta reseñita les sirva para animarse a verla, prometo no se van a arrepentir.lady bird 1

Rodrigo Rey Rosa, el cojo, la Coneja, el Sefardí y otros seres fantásticos

5 enero, 2016 § 2 comentarios

Con el ánimo de cumplir con el propósito de leer más este nuevo año, ayer me fui de excursión a la Casa de la Cultura local, sin ninguna expectativa real y resignado a “lo que sea”, no sé, desconfío de las instituciones que hacen piñatas y se enorgullecen de ello, pero esa ya es una paranoia personal.

Anduve de estante en estante, tragándome palabras como las piñatas se tragan dulces, porque al final sí me encontré con dos grandes sorpresas. Una de ellas fue El cojo bueno, una novelita o relato largo publicado por primera vez en 1996 por Alfaguara y -esto es verdaderamente lo extrañoemocionate- publicado también en El Salvador, en una segunda edición, por la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) en su catálogo de Ficciones.  Este texto es obra y gracia de Rodrigo Rey Rosa, el genial guatemalteco que desde hace un tiempo es una de las voces poderosas de esa criatura mitológica a la que llamamos Literatura Latinoamericana.

Mientras pienso lo que escribo (o al revés), me suena ridículo que hasta este punto nunca haya tenido un ejemplar físico de algún texto de Rey Rosa, y en internet solo pude encontrar un cuento triste de un niño y un pajarito que me detonó mil sensaciones en el interior. Era, pues, yo un cursi detective en busca de una  Cesarea Tinajero chapina, hasta que en medio de aquellos anaqueles, sin buscarlo, encontré esa ficción sobre unos tipos que secuestran a uno de esos hombrecillos secuestrables y tras tantos llamados de atención a su acaudalado padre, le terminan mandando un contundente pie mutilado, un pie que hace andar la marcha a una narración espléndida e impecable, que va de Guatemala a Marruecos y desanda en un retorno inesperado lleno de casualidades estrepitosas, pero convincentes. Uno de los aspectos más llamativos es la forma de cerrar la narración con un final explosivo y sensual.  Tal como es el ritmo narrativo de Rodrigo Rey Rosa en el texto mencionado, extraño y hermoso, dejando él mismo brochazos de su viaje personal por este mundo en una intempestiva armonía casi arquitectónica.

Quizás por esto -o tal vez no- Roberto Bolaño se desgració en emitir estas palabras sobre Rodrigo Rey Rosa: “Leerlo es aprender a escribir. Es una invitación al puro placer de dejarse arrastrar por historias siniestras o fantásticas”. Mero supuestos, porque mi recién gusto adquirido, solo me deja en un primer plano de entusiasmo, de primer amor a personajes entrañables, como el del niño emocionado al encontrar su primer tazo de Pokemon y creer que quizás fuera el último, precioso y único.

Yo (I)

27 junio, 2014 § 1 comentario

 

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Mi nombre es Luis. Tengo 25 años. Tengo 4 meses de no escribir nada que me satisfaga como escritor. Me quedo mirando el techo de mi habitación, en la cual cabe cómodamente (sí, es un adverbio terminado en mente) una refri, una cocina, una cama en la que más o menos un hombre de un metro setentaicinco se acuesta ingeniándosela y a la par también se puede colocar un mueble de esos en los que se instalan la tv, el equipo de sonido, fotos familiares y adornos que regalan en las festividades de cumpleaños. Y con todo eso, la puerta-salida de emergencia se abre en un ángulo de 90 grados. Un incendio sería mi fin.

 

En mi Documento Único de Identidad dice que tengo como oficio o profesión ser “artista”. Eso me da gracia porque es más como un asunto que lo hice por dos versiones posibles e interpretables:

-1 Creer que soy artista porque creo en el arte, vivo, pienso, conozco, proceso, altero, produzco, siento, reconozco, tergiverso, hablo, imagino, resisto, obro en el vacil que es una forma de ver el mundo, de conocerlo y reconocerlo de una manera que me lo plantea menos horrible de lo que es. Como una utopía ingenua, la cual es necesario que sea inalcanzable para que siga siendo utopía.

+1 Porque me pareció divertido decirle al tipo del duicentro que mi profesión u oficio era ser “artista” y ver cómo él comprobaba eso. Mi sorpresa fue que no tuvo reparo, pensé que me iba a preguntar en qué conjunto musical trabajaba, pero no. Tal vez el burócrata solo era uno de esos pocos seres que confían en la palabra dicha o solo le gusta la cumbia.

 

Pero volvamos, pensé en escribir esto porque no podía dormir y traté de buscar un tema al que le pudiera dedicar mi tiempo a reflexionar. Claro, pensé en el actual brote de ébola, que afecta a Guinea, Liberia y Sierra Leona,  el más grave registrado desde 1976, pero no. Tal vez, me dije, sería bueno escribir sobre las violaciones a mujeres y sus posteriores ahorcamientos en India, como fue del último caso que me conmovió: el de dos primas de 13 años, quienes fueron encontradas colgando de un árbol de mango el 29 de mayo pasado, pero no.    

Me dije entonces “algo más de aquí”, como lo de los  miles de niños indocumentados que viajan solos desde Centroamérica y México hacia Estados Unidos, un tema que en realidad no es nada nuevo, pero ahora tiene la atención de los medios, pero no. Tal vez, me puse a pensar, sería bueno escribir de los cientos y cientos de muertos y muertos que hay cada día en este país, pero tampoco.

Decidí después de muy mucho bastante tiempo de reflexión, de búsqueda interna de los objetivos y prioridades, de meditar y estudiar la realidad… que lo mejor y más acertado sería hablar de mí.

Pues y  cómo no, si de lo que más sé es de mí…

 

Hace tiempo  decidí que me llamaran Luis, por una razón estratégica y lúcida, así me han llamado por vario tiempo, entonces ha resultado hasta postmodernista mi decisión. También pensé que mi producción (casi inexistente, como Aguilulfo) merecía figurar en los espacios del arte nacional. Tal vez debí de apelar a mi origen, mi edad o a la geografía en donde me tocó nacer, pero nunca he sido un gran planificador, y es así que ni mi mamá sabe lo que hago, por lo que ni esos halagos filiales tengo.

 

Así que mejor hice un blog y ¡oh, sorpresa mía! Sigo siendo inexistente, pero tampoco soy la mascota ni la lástima de nadie. No tengo que saludar a nadie con falso cariño y ni con demasiada gratitud, tampoco le debo a nadie mis logros ni mis pustulillas de triunfo. A estas alturas debería de probar decirle al del duicentro que me ponga mediocre fracasado en el espacio de “profesión-oficio-destino” en mi documento.

 

Al respecto de esto, hay un escritor latinoamericano que me menciona en uno de sus ensayos: La gravísima situación del artista ignonato, un texto esencial para comprender la situación de otros individuos, que como yo, no aparecemos en artículos relevantes y estructurales que valga la pena leer.

 

Mi posición nada subjetiva sobre el plagio de Mario Rojas

22 febrero, 2014 § 1 comentario

Soy escritor y vengo por Dios mismo escogido.

No, ya en serio, soy escritor porque me gusta escribir, porque me da paz, porque me aparta del odio, del suicidio, del tedio, porque me gusta narrar historias, porque la ficción es un vicio congénito, porque la poesía es un monstruo sin compresión. Soy escritor porque la impaciencia de la realidad te arroja a la imaginación y me siento más cómodo en el terreno de la creatividad que en la estela terrible de la realidad. Soy escritor porque tengo la convicción que mis letras son lo que soy, mis textos son el espejo verdadero de lo que yo soy, tal vez todo sea una triste comedia, una replica sin sangre, un drama sin muertos, una estructura sin contexto. Yo aspiro a ser la escritura porque no sé que más ser. La escritura es mi piedra anclada en el mar inclemente de todo lo que es. No tengo diploma, ni reconocimiento, ni título para serlo. Pero y yo soy. Soy mediocre, un triste remedo de lo que quisiera ser, pero sigo tratando de dar lo que mis vísceras ajusten.

La escritura duele, satisface, te enamora, te hace sentir mal, te hace ver lo inferior que sos en el universo genial que se manifiesta frente a tu retina convulsa. En el currículum del artista está la humillación y el dolor, la incredibilidad, la duda, pero lo superás por que lo hacés por amor. La narrativa es tu guerra, tu paz, tu Apocalipsis frente al mundo que te amenaza al asimilarte como ciudadano de un infierno que no has elegido.

La literatura como ocio y labor es como el concepto estéril de decir que te lleva a mundos que no conocés, es mentira, te hace parte de mundos que vos querés habitar. Es la democracia del pensamiento, la libertad de hacerte mierda el universo y aún tenés la ligereza de abrazarlo sin recriminarle nada.

Escribo porque soy finito, escribo porque mis palabras no alcanzan, escribo porque mi boca no ajusta a decir lo que quiero decir. Es liberarte y articular palabras que no caben en tu pecho y las tirás a un mundo inhóspito. Escribir te hace libre, porque si te juzgan, te vale verga, es tu idea contra el odio, y el mundo es más ideas que odio.

No tengo una tesis que defender, defiendo el derecho de escribir, de escribir con las entrañas, con la sinceridad que da dolerte de la vida, de la alteridad, de querer darle algo a otros, de hacer un mundo parido por un dolor de cabeza, de responder a una injusticia, de satisfacer tu placer. De ser egoísta, de ser héroe, de ser lo que uno le para la gana de ser.

Escribir para darle lecciones a la humanidad es una estupidez remarcada, escribir para presentarte como un Mesías entrando en burro a las murallas del arte da una tristeza que se mezcla con el asco. Cuando se quiere ser irreverente, uno tiene que tener claro que la decisión que se toma es un compromiso, un ideal, no un juego idiota de palabras que te encaminan a la burla, porque no solo vas a esa vereda, vas rumbo a un hoyo patético sin salvación: la falsedad.

Toda esta perorata ridícula es originada por el plagio de los Juegos Florales por parte de Mario Rojas, pero la verdad no es culpa total de este tipo que es un chiste, un ser que se cree abanderado de la narrativa joven salvadoreña, una víctima sin hacerle ningún daño, un problema genético. No, no tiene que ver que el joven este haya hecho tanto daño a la credibilidad de los Juegos Florales, no. El problema es hacer una revisión general de la calidad de los trabajos que se premian, se editan y publican en el país. No se puede seguir con la lógica tibia de “apoyemos lo nuestro” cuando la calidad en narrativa y poesía es deficiente. Es fácil darte el mote de artista, y ponerte una boa, una boa dije, y plantearte ante los estrados con una actitud beligerante y hacerte el show cuando tu trabajo es una deficiencia latente. Debería de causar vergüenza propia y no ajena.

En este punto fallamos todos, los artistas, los formadores, los contemporáneos, los que tendrían que “juzgar”, los promotores y tantos personajes que creen ser figuras consagradas del arte nacional por ser lisonjeados y alabados por sus maestros, primos y amigos. Falta la bestia mitológica del sentido común para hacerlos seres respetables.

Se puede jugar con la literatura, la poesía, la narrativa. La creatividad te lo permite. Pero no se puede jugar con los lectores. No te podés creerte con la moral y la inteligencia de creerlos estúpidos. El compromiso es con uno mismo y con ellos.

De rockstars, intelectuales y la figura de culto

4 octubre, 2013 § 1 comentario

Antes de leer esto, el lector tiene que ser consciente que no soy un experto en nada y menos en los mecanismos de poder. Pero con la sola observación y la experiencia es suficiente para hacer un texto sin fundamentos y salido de la más profunda necesidad de escribir para evitar la frustración y el tedio. Escribo desde mi percepción y mi opinión lo siguiente:

En mi vida he sido fanático de distintos estadios y corrientes del rock. Desde mi primerizo amor inmaduro pero fiel a Flema y Boom Boom Kid, ambas bandas argentinas, la primera punk y la segunda un cóctel sabroso entre desvergue y hardcore. También está mi pasión casi sexoespirutal por el grunge, hasta mi amor secreto por Epica, Helloween, Medina Azahara, Avalanch y Angra, entre otros demonios secretos. No tengo un gusto definido por un género o un movimiento específico, es como mi gusto por la comida, es rica y variada.

A lo que voy con esto, es que en este peregrinaje estruendoso en la música, me he fijado en lo loco y atractivo que es la figura en el escenario. Es un culto a la personalidad increíble, lleno de glamour, sombras, honestidad, estrafalaria seducción y rebeldía. Nada que ver con la fanfarronería estática y hierática de los políticos como Stalin, Hitler, Mao, hasta llegar a Sadan Hussein.

El culto a la personalidad en el rock es excitante. Las chicas les hacen saber su amor y respeto enseñándoles sus pechos como muestra de fidelidad. Los chicos quieren ser como ellos, usan sus peinados, sus pantalones de cuero bien pegaditos al cuerpo y las camisas de leñador compradas en las tiendas de segunda o robadas a su padres. Los adultos y viejos dan cátedras sobre la evolución de la música mientras lucen las chaquetas de sus eternos ídolos. Se hacen subastas de guitarras, prendas, cabellos, calzoncillos, jeringas, zapatos, condones, objetos varios usados por una variada fauna rockera. Las paredes son tapizadas con pósters del rockero o rockera favorita, los estantes se llenan de cassettes, ahora reliquias, y discos con su música. Se investigan las vidas de los ídolos como un forma de hacerles justicia y pleitesía a un humano que alcanza el estatus de semidiós, pero que se rehusa a dejar las delicias de lo carnal.

Es un estilo de vida y una forma de morir el ser fans de un rockstar. Pero qué tiene que ver esto con los discursos de poder, pues que esta dinámica era asimilada bajo las luces del escenario, en el lujo de los hoteles y los clubes, en los estudios de grabación y en los tugurios más inhóspitos de la música, nunca pensé que era imaginable trasladarlo al ámbito “intelectual”. Sin embargo, era de esperarse.

Ahora hay más de un intelectual o artista que diera la mano con que escribe por el prepucio impoluto de Salarrué. Más de alguno daría su sueldo de académico por un bigote de Dalí, por el ojo bizco de Sartre o de Borges, dieran su imaginación por una uña de Cortázar o Ricoeur. Ahora hay locos que se visten de los personajes de el Ulises, otros que hacen largos viajes para emborracharse en la misa taberna destartalada en donde lo hacía Hemingway. Sé que más de alguna de estas criaturas ha fantaseado sexualmente con Walter Benjamin y Freud. Otros dedican su vida en la búsqueda de la Katana de Mishima o la soga de Foster Wallace. El escritor, filósofo, pensador o artista se ha convertido en un objeto de culto, en un rockstar de las ideas. Es ahí en donde empieza el culto a la personalidad del intelectual, de alguna manera el pensamiento o la obra es relegada a un plano secundario.

El punto al que quiero llegar es que esto es peligroso. Porque así mismo como en el rock es venerado el músico por un simple factor de gusto y empatía, el intelectual decide que este y el otro filósofo o artista es relevante a partir de un primario factor de gusto. El problema que de alguna manera los intelectuales tienen cierta incidencia en el imaginario colectivo y deciden quién es relevante y quién no. ¿Quién se los ha autorizado? Por qué yo debo de aceptar que un académico me diga que este filósofo o teórico es el adecuado para mi formación y para el sostenimiento de la vida como la conocemos. Se impone un determinado pensamiento y una forma de digerir el conocimiento porque una figura de poder lo decide. Se empieza, pues, a formar un discurso de poder cognitivo a partir de una persona o un grupo de personas forjadas en determinadas escuelas de pensamiento agregando un experiencia personal y generacional que tal vez ya no respondan a las necesidades y a la visión de mundo y realidad de generaciones más recientes.