Rodrigo Rey Rosa, el cojo, la Coneja, el Sefardí y otros seres fantásticos

5 enero, 2016 § 1 comentario

Con el ánimo de cumplir con el propósito de leer más este nuevo año, ayer me fui de excursión a la Casa de la Cultura local, sin ninguna expectativa real y resignado a “lo que sea”, no sé, desconfío de las instituciones que hacen piñatas y se enorgullecen de ello, pero esa ya es una paranoia personal.

Anduve de estante en estante, tragándome palabras como las piñatas se tragan dulces, porque al final sí me encontré con dos grandes sorpresas. Una de ellas fue El cojo bueno, una novelita o relato largo publicado por primera vez en 1996 por Alfaguara y -esto es verdaderamente lo extrañoemocionate- publicado también en El Salvador, en una segunda edición, por la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) en su catálogo de Ficciones.  Este texto es obra y gracia de Rodrigo Rey Rosa, el genial guatemalteco que desde hace un tiempo es una de las voces poderosas de esa criatura mitológica a la que llamamos Literatura Latinoamericana.

Mientras pienso lo que escribo (o al revés), me suena ridículo que hasta este punto nunca haya tenido un ejemplar físico de algún texto de Rey Rosa, y en internet solo pude encontrar un cuento triste de un niño y un pajarito que me detonó mil sensaciones en el interior. Era, pues, yo un cursi detective en busca de una  Cesarea Tinajero chapina, hasta que en medio de aquellos anaqueles, sin buscarlo, encontré esa ficción sobre unos tipos que secuestran a uno de esos hombrecillos secuestrables y tras tantos llamados de atención a su acaudalado padre, le terminan mandando un contundente pie mutilado, un pie que hace andar la marcha a una narración espléndida e impecable, que va de Guatemala a Marruecos y desanda en un retorno inesperado lleno de casualidades estrepitosas, pero convincentes. Uno de los aspectos más llamativos es la forma de cerrar la narración con un final explosivo y sensual.  Tal como es el ritmo narrativo de Rodrigo Rey Rosa en el texto mencionado, extraño y hermoso, dejando él mismo brochazos de su viaje personal por este mundo en una intempestiva armonía casi arquitectónica.

Quizás por esto -o tal vez no- Roberto Bolaño se desgració en emitir estas palabras sobre Rodrigo Rey Rosa: “Leerlo es aprender a escribir. Es una invitación al puro placer de dejarse arrastrar por historias siniestras o fantásticas”. Mero supuestos, porque mi recién gusto adquirido, solo me deja en un primer plano de entusiasmo, de primer amor a personajes entrañables, como el del niño emocionado al encontrar su primer tazo de Pokemon y creer que quizás fuera el último, precioso y único.

Los andamios del amor

27 febrero, 2015 § Deja un comentario

En la tierra húmeda  de tonos y siluetas

se van quedando como semillas sembradas,

los relicarios poseídos llenitos de recuerdos.

Mientras germina la memoria,

finjamos que la casualidad no es el caudal clandestino

que nos arrastró a los efluvios actuales,

imaginemos que nos interesan las mismas cuestiones

y que nuestros horizontes son del mismo límite.

Vamos, que el día no son horas

como lenguas desérticas lamiendo la insistencia.

Vamos, que apenas y tengo voluntad de marcharme.

Dale, insistí de nuevo con lo de los besos,

con lo de las buenas noches y las drogas veloces.

Construyamos la ciudad de palabras,

de las pláticas que aún no se destruyen en el olvido.

Tomemos el té de la tarde

con esas licuadas insomninas

que endulzan hasta los tibios orines del diablo.

Dejá por un momento de suturar las heridas de los grillos

adheridos al cónclave de los soñadores

y volvé tu rostro de dulce pena a donde te invoco.

Engañame con ese suave movimiento

de telar cósmico, de mitología nueva,

de risa suelta y de fricciones milagrosas.

Vení, mentime y decime que me necesitás

mientras hacemos la líneas blancas como rieles

que nos llevarán en el expreso

que surca los paraíso inventados.

Quién dijo primero que no íbamos a tener fronteras.

Quién dijo que ni las llaves

de los guardianes rozarán nuestros dedos,

o que ni lo muros electrificados salvarán

la aventura de afligir  a los gatos enamorados.

Aguantá, que tomados de las manos

solo tendremos fuerzas para el placer,

Y allá, en donde el tiempo es más útil,

sonará lo titilante de las estrellas.

En algún momento amanecerá y el sol

Se dará de boca contra nuestro sueño,

Y veremos como se nos va el rostro en lo gris del río

que se imaginan nuestros ojos de desvelo.

Pero vos insistí, apelá al vicio,

apelá a mis innumerables recaídas

y a los postres de noches más violentas.

Apocalipsis 9:6 || Los poetas secretos

10 diciembre, 2014 § Deja un comentario

Cuando al final nos queramos morir tal vez ni lo logremos.

La noche pasada bailábamos agonizados bajo las estrellas,

Sentíamos el frío beso que deja el ocaso

en los bordes del miedo y la gracia.

El mar demente ya reventaba en nuestros pechos,

la montaña nos seducía a adentrarnos en sus cavernas,

y de pronto,

como arrobados por epifanías ridículas,

nos dimos cuenta que no había nada,

ni suelo, ni océanos, ni tempestades furiosas,

ni abismos de donde lanzarnos

bailando como si el infinito fuera una fiesta escondida e indómita.

Las cuerdas tensadas escupían las notas de la locura,

y se hacían constelaciones amarrándose a la galaxia

y nosotros ahí,

diminutos, abandonados, huérfanos, heridos,

reíamos de la suerte,

reíamos de las pestes,

reíamos de la desgracias,

animales híbridos dueños de nuestros afectos.

Alrededor del fuego, como mínimos sacerdotes sin fe,

invocamos a nuestros muertos,

a los muertos universales,

llamamos a todos esos locos repartidos por los mundos,

criaturas que ya eran locos muertos

antes que nosotros naciéramos vivos,

ídolos del delirio,

divinos despojos de la ilusión,

monstruos errantes adorados en los templos de nuestros sueños,

estampas de épocas de horrores más dulces.

Entre las brasas del fuego,

fuimos colocando con nuestros dedos húmedos de lágrimas y saliva,

los segundos que les damos de silencio,

y ellos, con sus bocas muertas,

vomitaban flores hirvientes para saciar nuestra gula.

Elevados a membranas más insanas,

ofrecimos nuestras plegarias nocturnas,

abrumadoras canciones de tristezas y glorias,

queríamos, en nuestra inocencia febril,

que algún dios se llenara de nuestra ofrenda

y se desplomara drogado a la tierra.

Y como buenos muchachos desposeídos,

negarle el cobijo de nuestro cariño.

La noche se hacía menor,

otras voces se oían en el horizonte quebrado,

tal vez allá la muerte copulaba,

suntuosa en su deprecio por nosotros

que queríamos viajar a su Valle de Lágrimas.

En nuestro minicosmos, nos vimos encontrados en el viento,

confluidos en el tono silente de nuestras proezas telepáticas de niños caníbales,

nos pusimos de acuerdo entre pestañeos y malas bromas,

a seguirla cuando apareciera,

arremangarle los calzoncillos

y obligarla que nos acompañara a su reino.

La conspiración de los secretos

solo fue pirámide de intenciones.

Nos retiramos destrozados

pero con la sonrisa herida en los labios

para dormirnos en la cuna de nuestros epitafios improvisados

De música, abejas y de los sueños del crack

30 octubre, 2014 § 1 comentario

Llegamos a la casa de don Augusto y nos tiramos la barda oxidada. La casa siempre está iluminada por una luz amarillenta, como la de los destellos ambarinos, como los hipidos tísicos que se les escapan a algunos atardeceres. Nos tomamos los tragos de vodka directos de la botella y nos recostamos en el tronco del naranjo frente a la ventana. Nos cae el aroma de los azahares y se mezcla con el aliento profundo de nuestras gargantas, o por lo menos de mi garganta.

Debajo de la noche, a Otto se le ve más clara la piel y más oscuro el cabello, mira a las hojas del naranjo como si las quisiera contar una por una y se le escapan a momentos unos: deberías irte luego de ahí, me desagradan los militares, Julie está loca, te va a timar y después te va a matar, vos sabés, si necesitás más dinero yo te lo puedo dar, igual; me prestarías el lugar para coger de vez en cuando, pensátelo. Entiendo que el vodka hace efecto y vemos de vez en vez por la ventana a ver si don Augusto aparece. La casa sigue igual. Los rincones más estrechos están cubiertos por una gruesa capa de polvo color rata y los objetos extraños que adornan los estantes siguen en esos estantes que le dan ese toque de destrucción inminente a los ambientes.

La casa tiene las dimensiones exágeras de los pudientes de antes, pero ahora sólo es un armatoste viejo y carcomido por tres tipos distintos de moho. Los recuerdos se deforman en los residuos que dejan los años calcificados uno encima de otro. Sé que Otto piensa lo mismo que yo, tal vez don Augusto ya se murió y nosotros podríamos robarle la guitarra, las partituras originales y las fotos de los 40, los libros en Nahuatl y los adornos de plata. Somos ladrones y snobs, fea combinación para un par de pseudorrateros borrachos.

La botella está por la mitad y al parecer vamos a tener que esperar para robarnos lo que queremos. Vemos por la ventana al viejo que empieza a colocar las sillas en la sala. Abrimos un poco la ventana, nunca les pone el seguro (creo que busca la muerte por asesinato y robo) sentimos el olor cálido de orines viejos y la humedad viva, como si se multiplicara y cambiara de forma (si acaso eso es posible). Lo escuchamos gruñir mientras ordena los muebles con ceremonial aburrimiento. Se dice en voz alta que ha vivido demasiado, que la vida ya la caga, que por qué no se palma y ya. Él no sabe que nosotros esperamos lo mismo, ahí agazapados como hienas bípedas. Que se muera y todo mundo feliz.

Es el mismo viejo que hemos visto desde que supimos que estaba vivo y que no era la mentira alucinógena del drogo de la terminal de buses de Oriente que jura y perjura por la última piedra que le queda sin fumar que fue alumno de él. Pobre tipo, pasa tirado día y noche, con la espalda pegada en pavimento ardiente, mendingando para comprar la porción de crack mientras le cuenta a todo peatón que quiera oír su historia de prodigio musical a vagabundo sin consuelo, la repite y la repite a cualquiera que no le dé asco el tufo a mugre humana que despide. A Otto y a mí nos agrada porque le creemos.

Cerramos un ojo para enfocar bien. Ahí está, vestido con su chaleco marrón, su cinturón de cuero con las letras “El Salvador” grabadas en fuego y ceñido a la altura del ombligo, los zapatos bien lustrados y su calzoncillos manchados de orina por ese maldito problema en la próstata. Pareciera como si no se percatara que lo demás de su ropa se desintegró hace tiempo cuando todavía la llevaba puesta. Camina lo más erguido que le permite la edad, tensa la cordillera telúrica de su espalda y se echa a andar con el paso torpe de catedrales inestables. Nos tomamos un par de tragos más, el vodka ya no arde en la garganta y vemos como el viejo se sienta en el taburete frente a las once sillas vacías. Saca su guitarra de un estuche destartalado y empieza a hacer eso por lo que el drogo de la terminal de buses lo admira con devoción. El ambiente se tensa y se dilata como si los relojes ahorcaran el tiempo con tripas de gatos. Después de cada nota el clima pareciera cambiar dentro de la habitación, las sillas siguen vacías pero el viejo va adoptado una vitalidad inesperada, después de cada acorde la habitación se llena de notas como abejas y moscas enloquecidas que se pegan unas contra otras, vientre con vientre, alas que se destrozan entre ellas en el choque eléctrico del frenesí de feromonas melódicas propiciando una orgía antinatural.

Por convivir

12 septiembre, 2014 § 1 comentario

Cuando regresé al apartamento,  mi amigo seguía encerrado en su habitación. Ya casi nunca salía. Ya casi nunca lo veía. Las pocas veces que lo lograba ver parecía un náufrago en su propia isla imaginaria. Tenía la barba crecida, el cabello enmarañado, la mirada temerosa y era obvio que había adelgazado mucho. Para mí era mejor así. Me sentía como si viviera solo y que el lugar era todo mío. Al poco tiempo se me olvidó que existía mi amigo y también que la habitación estaba ahí. A veces me preocupaba que el olor a muerto me despertara por la noche. Era preocupante para mí que un día se muriera en ese exilio de la humanidad y tuviera que encontrarlo yo ahí tirado lleno de moscas y gusanos, podrido desde la médula hasta la conciencia.

Llegué cansado de todo. Sólo quería descansar y olvidar. Antes que mi amigo se muriera por dentro, vivía con su tía abuela, una señora muy agradable, la envidia de la abuelas de nuestra generación. Era tolerante a la vagancia, a los excesos, a las amistades no convencionales y no se cuestionaba mucho las evidencias de la violencia en su sobrino nieto ni en sus amigos. Pero la señora sí se murió. La condición de mi amigo no se debía por eso, para ser sincero no supe por qué se hizo monje sin religión y se retiró a ese silencio loco. Pero cuando ella faltó, dispuso esa habitación en alquiler. La vida no es tolerable con ingresos ajustados. En ese momento de mi vida estaba a punto de irme a vivir debajo de un puente o a regresar con mi familia, las dos circunstancias me parecían terribles. Así que acordamos que yo pagaría los recibos de todo y ya. A él le resultaba bien, solo compraba comida, y vivía sin hacer nada más y yo no pagaba las cantidades criminales por el alquiler en la ciudad.

También me ahorraba el amueblar el cuarto, porque había cama, librera, mesa de noche, un armario. También había tres jesús(es), dos marías(es), tres crucifijos(es) y un rosario colgado de un clavito en la pared. Para ese entonces yo ya podía dormir con la luz apagada, podía ignorar a los santos y descansar sin miedo. Siempre he sospechado de las imágenes religiosas, me resultan como cámaras vigilantes de una compañía de seguridad divina, y para alguien no creyente resulta paranóico tanta atención. Aun así detestaba el inmobiliario de la habitación, pero no iba a ser un hijueputa y le exigiría a mi amigo que desechara los objetos que vieron morir a su pariente. A parte, él ya empezaba a volverse parco, hablábamos de fútbol y política solo por convivir. A ninguno de los dos nos interesaban esos temas. Pero siempre hemos sabido ser democráticamente imbéciles cuando la ocasión lo exige.

Después de un tiempo los dos nos acostumbramos a esa forma de habitar en el departamento, me hice más responsable y trataba de que el lugar siguiera a flote, él se dedicó a hundirse, pero, hombre, éramos amigos y solo la solidaridad nos unía. Él sabía que yo estaba más dispuesto a vivir que él. Yo iba a la universidad un par de días a la semana, lo suficiente para enamorarme de alguien, siempre he tenido un corazón fácil y de compromiso de corta duración, me enamoro con locura y a las dos semanas me transformo en un hombre mierda emocionalmente incapacitado para amar. Pero, Dios, el sexo así era hermoso. Era romántico primero, después salvaje y culminaba en un odio irracional dirigido siempre hacia mí. Pero esos ya son otros divertimentos.

Yo (I)

27 junio, 2014 § 1 comentario

 

Imagen

Mi nombre es Luis. Tengo 25 años. Tengo 4 meses de no escribir nada que me satisfaga como escritor. Me quedo mirando el techo de mi habitación, en la cual cabe cómodamente (sí, es un adverbio terminado en mente) una refri, una cocina, una cama en la que más o menos un hombre de un metro setentaicinco se acuesta ingeniándosela y a la par también se puede colocar un mueble de esos en los que se instalan la tv, el equipo de sonido, fotos familiares y adornos que regalan en las festividades de cumpleaños. Y con todo eso, la puerta-salida de emergencia se abre en un ángulo de 90 grados. Un incendio sería mi fin.

 

En mi Documento Único de Identidad dice que tengo como oficio o profesión ser “artista”. Eso me da gracia porque es más como un asunto que lo hice por dos versiones posibles e interpretables:

-1 Creer que soy artista porque creo en el arte, vivo, pienso, conozco, proceso, altero, produzco, siento, reconozco, tergiverso, hablo, imagino, resisto, obro en el vacil que es una forma de ver el mundo, de conocerlo y reconocerlo de una manera que me lo plantea menos horrible de lo que es. Como una utopía ingenua, la cual es necesario que sea inalcanzable para que siga siendo utopía.

+1 Porque me pareció divertido decirle al tipo del duicentro que mi profesión u oficio era ser “artista” y ver cómo él comprobaba eso. Mi sorpresa fue que no tuvo reparo, pensé que me iba a preguntar en qué conjunto musical trabajaba, pero no. Tal vez el burócrata solo era uno de esos pocos seres que confían en la palabra dicha o solo le gusta la cumbia.

 

Pero volvamos, pensé en escribir esto porque no podía dormir y traté de buscar un tema al que le pudiera dedicar mi tiempo a reflexionar. Claro, pensé en el actual brote de ébola, que afecta a Guinea, Liberia y Sierra Leona,  el más grave registrado desde 1976, pero no. Tal vez, me dije, sería bueno escribir sobre las violaciones a mujeres y sus posteriores ahorcamientos en India, como fue del último caso que me conmovió: el de dos primas de 13 años, quienes fueron encontradas colgando de un árbol de mango el 29 de mayo pasado, pero no.    

Me dije entonces “algo más de aquí”, como lo de los  miles de niños indocumentados que viajan solos desde Centroamérica y México hacia Estados Unidos, un tema que en realidad no es nada nuevo, pero ahora tiene la atención de los medios, pero no. Tal vez, me puse a pensar, sería bueno escribir de los cientos y cientos de muertos y muertos que hay cada día en este país, pero tampoco.

Decidí después de muy mucho bastante tiempo de reflexión, de búsqueda interna de los objetivos y prioridades, de meditar y estudiar la realidad… que lo mejor y más acertado sería hablar de mí.

Pues y  cómo no, si de lo que más sé es de mí…

 

Hace tiempo  decidí que me llamaran Luis, por una razón estratégica y lúcida, así me han llamado por vario tiempo, entonces ha resultado hasta postmodernista mi decisión. También pensé que mi producción (casi inexistente, como Aguilulfo) merecía figurar en los espacios del arte nacional. Tal vez debí de apelar a mi origen, mi edad o a la geografía en donde me tocó nacer, pero nunca he sido un gran planificador, y es así que ni mi mamá sabe lo que hago, por lo que ni esos halagos filiales tengo.

 

Así que mejor hice un blog y ¡oh, sorpresa mía! Sigo siendo inexistente, pero tampoco soy la mascota ni la lástima de nadie. No tengo que saludar a nadie con falso cariño y ni con demasiada gratitud, tampoco le debo a nadie mis logros ni mis pustulillas de triunfo. A estas alturas debería de probar decirle al del duicentro que me ponga mediocre fracasado en el espacio de “profesión-oficio-destino” en mi documento.

 

Al respecto de esto, hay un escritor latinoamericano que me menciona en uno de sus ensayos: La gravísima situación del artista ignonato, un texto esencial para comprender la situación de otros individuos, que como yo, no aparecemos en artículos relevantes y estructurales que valga la pena leer.

 

Fraternidad secreta

30 mayo, 2014 § Deja un comentario

 

Mis amigos derruidos, 
curtidos por el sol del desvelo, 
fraternos muchachos quebrados,
averiados, arruinados,
dañados hasta la burla propia.

 
Fracturados en el bosque Epiléptico 
de sus propias mentiras. 
Boicoteadores de sus propios destinos, 
se han extirpado las alas de sus notas.
Se han cansado de sí mismos,
escépticos de su suerte. 
Efebos horribles
desterrados de todos los pedestales.

Poetas redimidos en las calles, 
secretos entre los secretos, 
adoradores de ángeles caninos, 
caníbales pirómanos,
tiranos de sus versos. 

Poetas recalentados, precocidos, 
relamidos, lujuriosos, impuros, 
rezagados, súper adjetivados, 
renegados, marginados, brillantes, 
cuestionados, of course, olvidados. 

Poetas valientes que se abren la venas
para darse al olvido, 
han borrado sus nombres del cielo,
del infierno, de los registros, 
de las viejas tablas,
de las playas, 
de los recuerdos, 
se han dado al olvido 
para vomitarse a sí mismos.
Poetas valientes, patéticos, 
que se han ido con el viento
y han regreso heridos
llenos, llenitos de alivio.