Yo (I)

27 junio, 2014 § Deja un comentario

 

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Mi nombre es Luis. Tengo 25 años. Tengo 4 meses de no escribir nada que me satisfaga como escritor. Me quedo mirando el techo de mi habitación, en la cual cabe cómodamente (sí, es un adverbio terminado en mente) una refri, una cocina, una cama en la que más o menos un hombre de un metro setentaicinco se acuesta ingeniándosela y a la par también se puede colocar un mueble de esos en los que se instalan la tv, el equipo de sonido, fotos familiares y adornos que regalan en las festividades de cumpleaños. Y con todo eso, la puerta-salida de emergencia se abre en un ángulo de 90 grados. Un incendio sería mi fin.

 

En mi Documento Único de Identidad dice que tengo como oficio o profesión ser “artista”. Eso me da gracia porque es más como un asunto que lo hice por dos versiones posibles e interpretables:

-1 Creer que soy artista porque creo en el arte, vivo, pienso, conozco, proceso, altero, produzco, siento, reconozco, tergiverso, hablo, imagino, resisto, obro en el vacil que es una forma de ver el mundo, de conocerlo y reconocerlo de una manera que me lo plantea menos horrible de lo que es. Como una utopía ingenua, la cual es necesario que sea inalcanzable para que siga siendo utopía.

+1 Porque me pareció divertido decirle al tipo del duicentro que mi profesión u oficio era ser “artista” y ver cómo él comprobaba eso. Mi sorpresa fue que no tuvo reparo, pensé que me iba a preguntar en qué conjunto musical trabajaba, pero no. Tal vez el burócrata solo era uno de esos pocos seres que confían en la palabra dicha o solo le gusta la cumbia.

 

Pero volvamos, pensé en escribir esto porque no podía dormir y traté de buscar un tema al que le pudiera dedicar mi tiempo a reflexionar. Claro, pensé en el actual brote de ébola, que afecta a Guinea, Liberia y Sierra Leona,  el más grave registrado desde 1976, pero no. Tal vez, me dije, sería bueno escribir sobre las violaciones a mujeres y sus posteriores ahorcamientos en India, como fue del último caso que me conmovió: el de dos primas de 13 años, quienes fueron encontradas colgando de un árbol de mango el 29 de mayo pasado, pero no.    

Me dije entonces “algo más de aquí”, como lo de los  miles de niños indocumentados que viajan solos desde Centroamérica y México hacia Estados Unidos, un tema que en realidad no es nada nuevo, pero ahora tiene la atención de los medios, pero no. Tal vez, me puse a pensar, sería bueno escribir de los cientos y cientos de muertos y muertos que hay cada día en este país, pero tampoco.

Decidí después de muy mucho bastante tiempo de reflexión, de búsqueda interna de los objetivos y prioridades, de meditar y estudiar la realidad… que lo mejor y más acertado sería hablar de mí.

Pues y  cómo no, si de lo que más sé es de mí…

 

Hace tiempo  decidí que me llamaran Luis, por una razón estratégica y lúcida, así me han llamado por vario tiempo, entonces ha resultado hasta postmodernista mi decisión. También pensé que mi producción (casi inexistente, como Aguilulfo) merecía figurar en los espacios del arte nacional. Tal vez debí de apelar a mi origen, mi edad o a la geografía en donde me tocó nacer, pero nunca he sido un gran planificador, y es así que ni mi mamá sabe lo que hago, por lo que ni esos halagos filiales tengo.

 

Así que mejor hice un blog y ¡oh, sorpresa mía! Sigo siendo inexistente, pero tampoco soy la mascota ni la lástima de nadie. No tengo que saludar a nadie con falso cariño y ni con demasiada gratitud, tampoco le debo a nadie mis logros ni mis pustulillas de triunfo. A estas alturas debería de probar decirle al del duicentro que me ponga mediocre fracasado en el espacio de “profesión-oficio-destino” en mi documento.

 

Al respecto de esto, hay un escritor latinoamericano que me menciona en uno de sus ensayos: La gravísima situación del artista ignonato, un texto esencial para comprender la situación de otros individuos, que como yo, no aparecemos en artículos relevantes y estructurales que valga la pena leer.

 

Fraternidad secreta

30 mayo, 2014 § Deja un comentario

 

Mis amigos derruidos, 
curtidos por el sol del desvelo, 
fraternos muchachos quebrados,
averiados, arruinados,
dañados hasta la burla propia.

 
Fracturados en el bosque Epiléptico 
de sus propias mentiras. 
Boicoteadores de sus propios destinos, 
se han extirpado las alas de sus notas.
Se han cansado de sí mismos,
escépticos de su suerte. 
Efebos horribles
desterrados de todos los pedestales.

Poetas redimidos en las calles, 
secretos entre los secretos, 
adoradores de ángeles caninos, 
caníbales pirómanos,
tiranos de sus versos. 

Poetas recalentados, precocidos, 
relamidos, lujuriosos, impuros, 
rezagados, súper adjetivados, 
renegados, marginados, brillantes, 
cuestionados, of course, olvidados. 

Poetas valientes que se abren la venas
para darse al olvido, 
han borrado sus nombres del cielo,
del infierno, de los registros, 
de las viejas tablas,
de las playas, 
de los recuerdos, 
se han dado al olvido 
para vomitarse a sí mismos.
Poetas valientes, patéticos, 
que se han ido con el viento
y han regreso heridos
llenos, llenitos de alivio. 

Mi posición nada subjetiva sobre el plagio de Mario Rojas

22 febrero, 2014 § 1 comentario

Soy escritor y vengo por Dios mismo escogido.

No, ya en serio, soy escritor porque me gusta escribir, porque me da paz, porque me aparta del odio, del suicidio, del tedio, porque me gusta narrar historias, porque la ficción es un vicio congénito, porque la poesía es un monstruo sin compresión. Soy escritor porque la impaciencia de la realidad te arroja a la imaginación y me siento más cómodo en el terreno de la creatividad que en la estela terrible de la realidad. Soy escritor porque tengo la convicción que mis letras son lo que soy, mis textos son el espejo verdadero de lo que yo soy, tal vez todo sea una triste comedia, una replica sin sangre, un drama sin muertos, una estructura sin contexto. Yo aspiro a ser la escritura porque no sé que más ser. La escritura es mi piedra anclada en el mar inclemente de todo lo que es. No tengo diploma, ni reconocimiento, ni título para serlo. Pero y yo soy. Soy mediocre, un triste remedo de lo que quisiera ser, pero sigo tratando de dar lo que mis vísceras ajusten.

La escritura duele, satisface, te enamora, te hace sentir mal, te hace ver lo inferior que sos en el universo genial que se manifiesta frente a tu retina convulsa. En el currículum del artista está la humillación y el dolor, la incredibilidad, la duda, pero lo superás por que lo hacés por amor. La narrativa es tu guerra, tu paz, tu Apocalipsis frente al mundo que te amenaza al asimilarte como ciudadano de un infierno que no has elegido.

La literatura como ocio y labor es como el concepto estéril de decir que te lleva a mundos que no conocés, es mentira, te hace parte de mundos que vos querés habitar. Es la democracia del pensamiento, la libertad de hacerte mierda el universo y aún tenés la ligereza de abrazarlo sin recriminarle nada.

Escribo porque soy finito, escribo porque mis palabras no alcanzan, escribo porque mi boca no ajusta a decir lo que quiero decir. Es liberarte y articular palabras que no caben en tu pecho y las tirás a un mundo inhóspito. Escribir te hace libre, porque si te juzgan, te vale verga, es tu idea contra el odio, y el mundo es más ideas que odio.

No tengo una tesis que defender, defiendo el derecho de escribir, de escribir con las entrañas, con la sinceridad que da dolerte de la vida, de la alteridad, de querer darle algo a otros, de hacer un mundo parido por un dolor de cabeza, de responder a una injusticia, de satisfacer tu placer. De ser egoísta, de ser héroe, de ser lo que uno le para la gana de ser.

Escribir para darle lecciones a la humanidad es una estupidez remarcada, escribir para presentarte como un Mesías entrando en burro a las murallas del arte da una tristeza que se mezcla con el asco. Cuando se quiere ser irreverente, uno tiene que tener claro que la decisión que se toma es un compromiso, un ideal, no un juego idiota de palabras que te encaminan a la burla, porque no solo vas a esa vereda, vas rumbo a un hoyo patético sin salvación: la falsedad.

Toda esta perorata ridícula es originada por el plagio de los Juegos Florales por parte de Mario Rojas, pero la verdad no es culpa total de este tipo que es un chiste, un ser que se cree abanderado de la narrativa joven salvadoreña, una víctima sin hacerle ningún daño, un problema genético. No, no tiene que ver que el joven este haya hecho tanto daño a la credibilidad de los Juegos Florales, no. El problema es hacer una revisión general de la calidad de los trabajos que se premian, se editan y publican en el país. No se puede seguir con la lógica tibia de “apoyemos lo nuestro” cuando la calidad en narrativa y poesía es deficiente. Es fácil darte el mote de artista, y ponerte una boa, una boa dije, y plantearte ante los estrados con una actitud beligerante y hacerte el show cuando tu trabajo es una deficiencia latente. Debería de causar vergüenza propia y no ajena.

En este punto fallamos todos, los artistas, los formadores, los contemporáneos, los que tendrían que “juzgar”, los promotores y tantos personajes que creen ser figuras consagradas del arte nacional por ser lisonjeados y alabados por sus maestros, primos y amigos. Falta la bestia mitológica del sentido común para hacerlos seres respetables.

Se puede jugar con la literatura, la poesía, la narrativa. La creatividad te lo permite. Pero no se puede jugar con los lectores. No te podés creerte con la moral y la inteligencia de creerlos estúpidos. El compromiso es con uno mismo y con ellos.

Profecía Secreta

3 febrero, 2014 § Deja un comentario

El profeta, en la concurrida soledad
del lugar,
se levantó entre los fieles, los infieles,
los que de casualidad despertaron ahí
y de los que mañana no recordarían nada.

Apenas se le miraba la cara.
Los soles ahorcados del techo
le camuflaban el rostro,
los rayos violetas se le enredaban
entre los cabellos que serpenteaban
en la oscuridad moteada y violácea de su púlpito.

El profeta desconocido se tambaleó,
tomo el cáliz, bebió un sorbo y se le vio
el fuego deslizándole por la garganta.
Como pudo empezó a recitar nombres extraños,
secretos y prohibidos.
Habló de ocasos y cisnes,
de cisnes que rugen al morir,
de frutas podridas,
de tiempos que nunca serán mejores.

Mencionó, entre su prosa invertebrada
de sacerdote reptilico a los zombies,
a la cumbia,
a Consuelo Suncín,
a kant, a lo sensual,
a los piojos, los niños perdidos,
mencionó la importancia socioeconómica
de los juegos sexuales, de la inocencia.
Predicó la solemnidad de la traición,
sobre los sueños, sobre el suicidio,
la locura, malos muertos que nunca mueren
advirtió sobre las hordas distópicas
de jóvenes vestidos solo con sus pesadillas,
criaturas voraces, salvajes, que hablarán
un idioma perdido, un lenguaje para amar y odiar
con locura.
enfatizó en esta desmesurada llegada
de hombres y mujeres escondidos en páginas viejas,
ocultos en fiestas sin tregua.

El profeta miró al horizonte
que terminaba ahí nomás.
Sorbió más fuego y se le hizo humo.
Empezó a hablar en lenguas
y antes que la Seguridad llegara por él,
hizo una reverencia a un público
más líquido que él.

De cafés, meseras, Urdok y los mecanismos de poder

17 enero, 2014 § Deja un comentario

Hace una semana terminé mi relato. Casi nunca termino las historias que empiezo, pero esta vez lo logré. Ahora bebo un café de 5 dólares y un postre que me costó 4 y que tiene el tamaño de una moneda de 1. Los cafés o los lugares donde venden café ya no son lo que solían ser. Uno ya ni siquiera se puede sentir miserable mientras bebe un sucio café sin que una mesera demasiado alegre, demasiado sonriente, le arruine a uno el día con la hipocresía blanqueada de sus dientes y muelas y pregunte si uno está bien, si uno desea algo más. Nunca preguntan si uno quiere ir a coger debajo del mostrador o en el baño, o si a uno le place pegarles una cachetada, o si a uno le complace que se vaya y no volver a oír su voz. Nunca tienen la pregunta correcta. Espolvorean un poco de chocolate o canela sobre el café y uno encima tiene que agradecerles por eso.

Releo las páginas del relato y me pregunto si será un cuento, una larga reflexión, un capítulo de alguna novela que no me he decidido a escribir o si solo es basura que hay que borrar y olvidar. Los editores nunca le dicen a uno esas cosas que en verdad son importantes. Lo editores no le dicen a uno cosas que de verdad son útiles. Solo hacen preguntas estúpidas y sonríen, muestran unos dientes color sincero amarillo café-cigarros. Pero esa sonrisa es una trampa. Es un pozo oscuro disfrazado de amabilidad, amistad, compañerismo, una solidaridad que nadie entiende, pero es mentira. Te ven, te leen y te mienten en tu cara y uno se va, sale por la puerta y al pasar el umbral uno se siente invadido por una incertidumbre, como si lo abandonasen a una realidad terrible después de implorar clemencia, amor, compañía.

Uno se va con sus páginas arrugadas bajo el brazo, o dentro de la mochila, o en un fólder serio, o se doblan y se guardan en alguna bolsa del pantalón. Aquella criatura que uno llevaba alegre al mundo se ha vuelto un ser grotesco, que no merece el recuerdo de la existencia. Hace una semana me parecía que había logrado un buen relato, nada memorable, pero algo que se podía leer fácilmente.

La historia se trataba de un tipo, de estos que no son altos o bajos, ni gordos o flacos. Un hombre promedio, en la flor de la juventud, la vitalidad exudándole de la piel, con la capacidad de conquistar el mundo o de destruirlo.

Empezaba con este tipo sobre un barco, era una era épica, caballeros, imperios, princesas, con continentes extraños, idiomas desconocidos, y elementos de esa índole. Entonces el personaje iniciaba su aventura sobre un barco al que había abordado mediante artimañas y al que había logrado subir en busca de aventuras al otro lado del mundo para dejar atrás una vida miserable embadurnada de hambre y continuos desprecios. Al bajar del barco se le había abierto una realidad totalmente desconocida, personas con los más variados tonos de piel, atuendos mínimos o rebuscadas y lujosas túnicas, idiomas inhablables y criaturas exóticas.

Luego de maravillarse de tanta cosa nueva, llega a una taberna en donde descubre a un paisano y entablan plática amena hasta que el personaje principal pide a gritos costillas de cerdo jugosas y poco hechas. Los que le entendieron ponían ojos como rogando que los demás no lo hubieran hecho, o eso trato de describir. Porque en esta capital del otro lado del mundo el dios principal es un cerdo, un gordo, omnipotente y repulsivo cerdo. Está prohibido comer cerdo y su excremento es sagrado, o eso es lo que trato a dar a entender en una página completa. Hay templos para el cerdo, y sacerdotes que elevan oraciones para el cerdo. Estatuas de cerdos flanquean los caminos principales. Siempre en las bodas y bautismos hay un cerdo presente y si se caga durante la celebración es un augurio de buena suerte y prosperidad. En fin. El personaje se informa de todo esto y se conforma con una sopa de cebollas y una cola de buey. Después de eso, el tipo, que ya se ha presentado como Urdok, se enfrasca en una serie de situaciones peligrosas que lo llevan a encontrarse con putas hermafroditas, hechiceros hambrientos, políticos contrabandistas, nobles de crueldad indescriptible, soldados enfermos, vampiros sin dientes, banqueros avariciosos, reyes proscritos y mujeres en peligro que hablan idiomas entre Parsel y Élfico. Estos personajes en cada faena ponen en jaque las bases de la cultura occidental a modo de monólogos o diálogos surgidos por situaciones morales de esta capital, de este mundo ficticio. Claro, al final el personaje se enamora y por poco muere, pero se recupera y está listo para adentrarse u ofrecerse a la siguiente aventura. Cierro a modo de serie o saga.

Hoy por la mañana le llevé las páginas impresas al editor. Las páginas estaban limpias, claras, aún estaban tibias cuando se las puse en las manos. Él me invitó a sentarme, a esperar mientras leía. Eso fue lo peor. Verlo leerme. Ver sus manchas marrones en la frente, verle los cabellos ralos que le quedaban, el abundante pelo en las fosas nasales, el movimiento asqueroso de sus labios húmedos mientras leía la historia de Urdok. Y yo lo sabía todo. Sabía que me diría que las oraciones eran muy largas, que dejara de copiarplagiarle a Martin, que esas estupideces no tienen éxito, que qué son esas barbaridades de dioses cerdos, que el lenguaje es obsceno, la descripción pobre y el contenido no tiene público, todo lo sabía.

Me serví café. Después de dos tazas y 20 minutos el editor terminó el relato y lo único que dijo el montón de mierda ese sentado en su silla de cuero reclinable fue “¿ya has andado en barco? Es que no siento la sensación de que el personaje sepa lo que es navegar en alta mar”. Dejó las páginas frente a mí, unió sus dedos uno por uno y me quedó mirando como si de verdad quisiera una respuesta. Le escupí en los ojos. Vi mi saliva que se deslizaba por los cristales de sus lentes y un poco había caído en su boca de viejito. Tomé las páginas, no entiendo por qué, y salí mientras me amenazaba e insultaba en una cumbia dolorosa de sonidos aglutinados. Pasé el umbral hacia una realidad triste sin haber suplicado amor ni compañía.

Ahora estoy bebiendo este sucio café en la espera de que la mesera regrese para que me espolvoree chocolate sobre mi capuchino y preguntarle de las posibilidades de poder coger en el baño o debajo del aparador.

Salvaje la vida

4 enero, 2014 § Deja un comentario

Un foco viejo y empolvado era la única luz que iluminaba la bodega. Una rata roía uno de los sacos rellenos de follaje que se apilaban por toda la habitación. El techo muy bajo volvía densa la atmósfera dentro del reducido lugar. El calor era húmedo y el polvillo hacía picar los pulmones del muchacho cada vez que se esforzaba por respirar. La mordaza le había lacerado la boca, sentía que las comisuras se le rasgaban un poquito cada vez y las gotas de sudor se le escabullían saladas hacia los ojos. Hace horas había dejado de intentar liberarse de las lasas de manos y pies porque las heridas le ardían ferozmente con el mínimo movimiento. Era de noche y solo se escuchaban de vez en cuando los latidos y gruñidos de los perros allá afuera.

Hace tres días que estaba encerrado en ese lugar y no había probado comida ni agua en todo ese tiempo. El estómago le había dejado de doler, una calma vacía y flotante le había sustituido el hambre. Pero la sed lo tenía desesperado, enloquecido, la cabeza le palpitaba, sentía como la garganta se le iba agrietando y como le exigía un poco de líquido que le aliviara el infierno en el esófago. Se ahogaba de sed cada vez que intentaba tragar un poco de saliva que ya no tenía en la boca.

Hace tres días que lo habían tomado por sorpresa y le habían reventado la cabeza haciéndole perder la conciencia. Cuando despertó estaba desnudo y atado y sentía que el cráneo le iba a explotar. No vio ningún rostro, no distinguió numero de individuos, ni se percató de la manera que lo movilizaron, esto si eran más de uno los que lo hicieron.

Había intentado gritar, pero la mordaza estaba demasiado apretada. Había forcejeado como si tuviese convulsiones, se había estremecido, retorcido y hasta dislocado las muñecas pero nada había dado resultados. Solo los perros le ladraban con locura de vez en cuando por debajo de la puerta cuando los movimientos era excesivos. Los perros alarmados tiraban dentelladas al resquicio de la puerta. Él solo miraba como las sombras se arremolinaban y levantaban un polvillo luminoso.

Después de pasar los primeros dos días gastando las energías que no recuperaría, y por debilidad, por resignación y porque ya no podía hacer nada más, se dio por vencido. Aunque estaba exhausto trataba de no dormir, le daba miedo morir de sed y no darse cuenta. Durante la segunda noche se había quedado dormido mientras lloraba por dolor y por miedo, pero el ardor lo despertó, una rata enorme como un gato le estaba mordisqueando el escroto y el horror lo hizo llorar como no lo había hecho nunca. Si hubiese tenido algo en el estómago también hubiese vomitado y tal vez así, solo tal vez, se podría haber ahogado con su propio vómito.

Lo único que podía hacer era pensar, divagar, construir y desconstruir posibilidades. Él guardaba la esperanza de que el secuestrador, o los secuestradores, ya se habían puesto en contacto con su familia y que lo único que faltaba era que sus parientes reunieran entre todos la cantidad exigida.

Pensaba que su madre estaría llorando y su padre le pediría prestado el dinero a sus hermanos, a sus primos, al jefe, a quién fuera para que lo dejaran ir. El muchacho para no llorar e ignorar el tufo de sus propios orines y mierda trataba de recordar qué había fallado. En qué momento todo se había ido al traste y qué desafortunada secuencia de situaciones lo había llevado hasta dónde estaba.

Recostado y exhausto, como un animal herido y vencido, miraba el techo de varas podridas y trataba de no perder el conocimiento otra vez. Para ese entonces ya había comprendido que estaba en el campo, en alguna zona rural en las afueras de la ciudad. Había escuchado balar, mugir y chillar al ganado. Las vacas mugían casi todo el día y el segundo día, quizás al amanecer, se había sobresaltado. Escuchó un largo chillido romper el trinar de los pájaros, pensó que estaban matando a una mujer ahí cerca y las esperanzas se le hicieron agua en el intestino. La mujer no dejaba de gritar. Eran chillidos agudos y extendidos. Después de un par de minutos comprendió que no era una mujer, era a un cerdo que habían sacrificado. Los chillidos más pausados y borboteantes dejaban entender que habían degollado al puerco y lo estaban destazando. No sintió alivio, pero dejó de aruñarse las propias muñecas, que para ese entonces eran trozos de un bistec violáceo sanguinolento.

Se oía el sonido del acero al estrellarse en el hueso y destrozarlo. El muchacho oía el sonido del acero deslizarse por el pellejo del cerdo. Tal vez no lo oía, pero sentía que lo podía oír. Oía y hasta sentía como el filo del cuchillo rasgaba piel y capas de grasas, como arrancaban con un solo tajo órganos y miembros. Después de media hora de poner la mayor atención de como destrozaban al animal, el pecho le subía y bajaba violentamente. No podía coordinar la respiración y empezó a sudar mucho más. Cuando ya no pudo percibir ningún sonido, cuando pensó que ya todo había terminado, escucho un silbido de una sola nota que se escabulló en el silencio enorme, tan lleno de incertidumbre. Oyó como dejaban caer un objeto, como una bolsa, un solo sonido húmedo que se desparramaba sobre el suelo y después sólo percibió a los perros gruñéndose entre sí.

El tiempo había perdido consistencia y no sabía si transcurría muy rápido, si se detenía o si todo era un caleidoscopio de segundos y minutos tullidos. Mientras no sufría ni se lamentaba de su situación, mientras se le olvidaba como llorar y la mente se le estancaba en una membrana húmeda y estática, se ponía a pensar en su captor. Había llegado a la conclusión que solo era un hombre el que lo había amarrado como animal y lo estaba dejando morir de sed. Varios hombre habrían tenido la decencia de hablar entre ellos, de coordinar, de conspirar, de cualquier cosa.

Si aquello era un potrero en donde pastaban ganados y mataban puercos, el hombre era un campesino imbécil muerto de hambre que necesitaba con urgencia el dinero del rescate y él, la mierda que estaba amarrado y amordazado, solo fue un oportunidad casual que pasaba por ahí. Lo imaginó delgado y narizón, con los dientes salidos y destruidos por las caries, con pantalones rotos y llenos de mierda de vaca. Se imaginó al campesino desgarbado y hediondo a caballos mugrosos. El campesino en sí mismo era un ser equino plagado de garrapatas y rodeado de moscas negriazules. La imagen de ese hombre en la mente del muchacho era más una caricatura grotesca que un hombre real. Pero el odio y el esmero en la formación física del verdugo le disipaba el dolor que sentía. Si hubiese podido articular alguna palabra de seguro le hubiese imitado el habla y los modismo sosos y aguados.

Del Humo que se Traga el Fuego.

9 diciembre, 2013 § Deja un comentario

IV

Cuando la vi,
el tiempo y el espacio
entretejían un jardín de distancias
entre mundos sin rumbos.

Pero juro que la vi.
los sueños hace tiempo
que no me devoran la verdad.

Era como un amor caníbal
y el pinchazo de una droga salvaje.
Parecía como si en la mirada
se le hubieran muerto constelaciones desconocidas.

Al verla a través del infinito,
sus labios eran la locura,
como si de la boca le saliera la muerte
y uno quisiera vivir en ella.

Todo se volvió silencio,
y perdí conciencia de mí,
como si el deseo que hendía
en mi pecho me esfumara
y solo quisiera
abrazarla y arder en un fuego
que solo a mi me consumía.

Y entonces, cuando el jardín
de lo que existía se destruía a sí mismo,
me extinguí.
El último sonido
que se oía en el vacío
era una respiración tranquila,
constante, enferma de mucha soledad.

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